lunes, 16 de septiembre de 2013

Mortus vivos docent


La tarde se cernía silenciosa y plomiza,
sobre la mala hora de la oscuridad sorda.
Ella lo vio llegar. Aquella tarde aciaga,
él cruzó la frontera sobre las vías del tren,
y ella quiso entender. No pudo reprimir
las ansias y las ganas; ella quiso saber.
Saber a que olía la esencia de la muerte.
Llamó, pidió permiso y entró al templo de Hades.

Había luces hirientes, y vio sin sorprenderse,
la grandeza del hombre reducida a pedazos;
la mirada perdida, el cabello revuelto...
la maraña de tripas enredadas y laxas...
Sí; miró y comprendió todo aquello que ansiaba,
comprendió que en la vida, era todo prestado,
sin mirar hacia atrás, volvió sobre sus pasos,
y comenzó a buscar la belleza del alba.