Huele a invierno.
El gorrión no le teme
a casi nada.
abandonaron
su tierra camino a Belén
mientras
la luz de una estrella
alumbraba
a aquel niño aún por nacer.
Mientras
el mundo gira que gira
los
hombres ansían el poder
aplastan
a la paz sin piedad y
derraman
sangre por doquier;
pero
sigue brillando la estrella
esa
que alumbra a la fe
la
que da su luz a los niños
que
siguen queriendo crecer.
Hace
mucho tiempo María y José
ella
en un borriquillo y él silencioso y a pie
pasito
a pasito buscan el camino
que
les ofrezca refugio antes del anochecer.
Que
poco ha cambiado todo
cuantos
siguen buscando también
una
mano amiga que abra esa puerta
donde
salvar la vida y donde poder ser;
unos
amontonados en la patera
otros
caminando arrastrando los pies
van
sin mochila ni equipaje
y
ni siquiera agua “pa” beber.
Hace
mucho tiempo María y José
agarraban
sus manos mirando a “Manué”
y
el mundo exultante recibía gozoso
al
niño divino sonriendo con él.
Estrella
de las tierras invadidas
y
de los pueblos que mueren de sed
de
las casas donde vive el hambre
y
no hay ni un cacho de pan que comer;
alumbra
la mirada de los niños
aunque
no hayan nacido en Belén
que
esta Navidad no les falte ni gloria
¡Salva
a la esperanza, y también a la fe!
Me
disculpé en nombre del servicio y le di sus pases reglamentarios; pero cada
tarde, Diego volvía y a llamar a mi puerta, entraba y se sentaba tranquilamente
y empezaba a hablar. Nos hicimos grandes amigos y yo aprendía de sus palabras,
de sus sonrisas, de sus miradas y de sus silencios.
Una
tarde de mucho trabajo, Diego no llegó. Terminé mi turno y muy inquieta me fui directa
a Oncología y pregunté por él.
Diego… ya no está. Falleció anoche.
Mecánicamente
abandoné el servicio donde mi amigo esperaba las visitas que nunca llegaron. Había
anochecido y las lágrimas apretaban mi alma; más comprendí que en la vida todo
era prestado y salí a buscar la belleza del alba.